El lenguaje embrujado. Miguel Ángel Santos Guerra.
El lenguaje es como una escalera por la que subimos
a la comunicación y a la liberación y por la que bajamos
a la confusión y a la dominación. Wittgenstein atribuye
muchos errores de la filosofía a lo que él denomina “un lenguaje embrujado”.
Las palabras nos llevan muchas veces a engaño.
El problema no está, fundamentalmente, en que no nos entendamos
sino en creer que nos entendemos cuando utilizamos las mismas palabras,
pero con diferente carga semántica. ¿Dirá alguien que hay que empeorar
la calidad del sistema educativo? No, nadie. Pero cuando hablamos de
calidad, ¿estamos diciendo todos lo mismo? Obviamente, no.
En Portugal se está haciendo un tipo de evaluación de escuelas a través
de pruebas estandarizadas que miden los resultados obtenidos
por los alumnos. Los resultados conducen a la elaboración de rankings
de escuelas según la calidad. Pero, claro, puede suceder que una
escuela que aparece en las listas como de máxima calidad sea
una escuela que practica el racismo, la xenofobia, el sexismo
o el elitismo a la hora de admitir a los alumnos. Puede suceder
que practique la insensibilidad con quienes no obtienen buenos
resultados expulsándolos del Centro sin preguntarse a dónde van
y hasta puede hacer trampas la víspera de las pruebas diciendo que al día siguiente se queden en casa los alumnos menos brillantes “porque pueden bajar el nivel de los resultados de las pruebas”. Resulta que una escuela xenófoba, sexista, racista, elitista, insensible y tramposa, aparece en los primeros lugares del ranking de calidad.
¿Es esa escuela de calidad? No, a mi juicio. Pero otros pueden dar por hecho que tiene calidad puesto que los alumnos han conseguido magníficos resultados.
En España se promulgó en el 2002 una ley que se denominó de calidad del sistema educativo. Creo que era una ley que destruía la calidad de forma rápida, generalizada y eficaz en el sistema educativo. Era una ley cruel. Una ley discriminadora y elitista.
Podríamos poner ejemplos con muchos conceptos que están presentes en el debate educativo y en la práctica cotidiana de los profesionales de la educación.
- Hay que mejorar la convivencia en el Centro, dice un profesor a los compañeros de Claustro.
Todos asienten. Pero si alguien le pide que precise, puede ser que éste diga que lo que quiere decir es que es necesario aumentar la vigilancia y endurecer las sanciones.
Otro profesor puede decir en la reunión del equipo educativo:
- Hay que mejorar la evaluación.
¿Quién puede decir que no? Pero si el profesor interpelado sostiene que lo que quiere decir es que hay que endurecer los controles porque aprueban demasiados alumnos, puede ser que algunos de los que inicialmente dijeron que sí, después de la aclaración no estén de acuerdo.
La confusión larva muchas veces el discurso. Si identificamos cualquier tipo de innovación con un fenómeno deseable, si confundimos cambios con mejoras, podemos incurrir en una tremendo error.
Un amigo le dice a otro:
- Hay que ver qué pena de vida, nadie cambia.
- Hombre, no digas eso, responde el amigo, porque yo he cambiado muchísimo desde el año pasado.
- Me refería para bien, replica el amigo.
Se confunde, pues, cambio con mejora. Tenemos que dilucidar qué es lo que vamos a entender por mejora. Dice José Antonio Marina, no recuerdo ahora en cuál de sus numerosos libros, que mejora es una palabra infinita que debemos desentrañar. Algunas veces se cambia en lo insustancial y se empeora en lo esencial. Otras veces, mejoran sólo unos pocos que, por cierto, ya estaban bastante mejorados, y empeora la mayor parte. No me apunto a esos cambios.
Thomas Cathcart y Daniel Klein han escrito un curioso libro titulado “Platón y un ornitorrinco entran en un bar…”, que ya he citado en otras ocasiones. Es un libro sobre la filosofía explicada con humor. Los autores dedican un capítulo de su libro a la filosofía del lenguaje. En él, podemos leer lo siguiente: “Se ha criticado la filosofía del lenguaje común por considerarla un mero juego de palabras, pero Wittgenstein dice que la confusión de marcos de referencia lingüísticos puede conducir a errores fatales. Y lo explica con este ejemplo:
Billingsley va a ver a su amigo Hartfield, que está muriéndose en el hospital. Cuando Billingsley se coloca junto a la cabecera de su cama, la debilitada salud de Hatfield empeora y pide, desesperado, que le den algo con que escribir. Billingsley le acerca un bolígrafo y un pedazo de papel y Hatfield emplea sus últimas fuerzas en garabatear una nota. En cuanto termina de escribirla, fallece. Billingsley se mete la nota en el bolsillo, incapaz, en la consternación del momento, de prestarle atención.
Al día siguiente, mientras Billingsley está hablando con la familia de Hatfield en el velatorio, se da cuenta de que lleva la nota en el bolsillo del traje.
- Hat me entregó una nota antes de morir -anuncia a la familia-. Aún no la he leído pero, conociéndole, seguro que son palabras de consuelo para todos nosotros..
Y lee en voz alta:
- ¡Estás pisando el tubo de oxígeno!
Resulta, pues, esencial saber lo que estamos diciendo, dónde y cuándo lo decimos y cómo y cuándo lo interpreta el interlocutor. No se trata sólo de juegos de palabras. En el uso del lenguaje nos jugamos mucho de lo que somos y de lo que hacemos.